Cansancio cofrade. Capítulo IV Miercoles Santo: el día de la Esperanza



Y llegó el gran día, el día más importante del año, el Miércoles Santo, el Día de la Esperanza. Te levantas y lo primero que haces es mirar por la ventana, y como cada año está nublado, pero tranquilo, que el día de la Esperanza es así. Simplemente está el cielo encapotado porque ella quiere ver que desde el primer instante del día tienes Esperanza. Y desde luego la tienes, sabes que por la tarde se abrirá el día, que cuando vaya La Señora por San Pedro le dará el sol de cara, la plata brillará, la candelería encendida y su cara preciosa, con la que se mostrará orgullosa, es una maravilla. Pero aun quedan varias horas para esto. De momento, vas a terminar de montar el paso de palio y al Cristo de la Buena Muerte. Con mucho cuidado, cortarás las velas que formarán la candelería, y asistirás a una nueva clase magistral del mayordomo y las camareras de como se decora de flores un paso. Y es que cada año te rodean de flores más bonitas, pero estas se deslumbran con la rosa blanca que va en el centro, bajo la gloria de la Virgen de la Montaña y vestida de esperanza. Ver la carita despejada cuando te quitan el manto antes de ponerte el manto de procesión, es increíble, después a subirte al paso y colocarte en el centro, donde mejor se ve a la Reina de todas las reinas. Después vas a casa a dormir la siesta, y a las 7 de la tarde te presentas de nuevo en San Juan, para meterte en los turnos. A las 8.25, entras con el resto de hermanos. Desde San Juan ves que la plaza esta abarrotada, la iglesia llena de representaciones, pero te olvidas de esto y miras al Cristo de la Buena Muerte para rezarle un Padrenuestro y le pides que todo salga bien, después miras a la Señora y le rezas la Salve y le pides que este a tu lado siempre. Tras esto te colocas en tu sitio. Ves la salida seria del Señor, aguantando las lágrimas que ya llenan tus ojos como puedes, y te preparas para ver salir a la Esperanza. La ves en el marco de la puerta, y la plaza entera se funde en aplausos. Estos se multiplican cuando los hermanos la suben al hombro, y suena el toque de oración. ¿Y las lágrimas?, están creando surcos en tus mejillas. Por San Pedro se produce el contraste entre el paso de Cristo (castellano) y el de la Virgen (andaluz). Suenan las marchas de la banda del Nazareno frente a las marchas dedicadas a la Virgen de la Esperanza. Llegan los pasos al Gran Teatro y la gente se funde de nuevo en aplausos. El paso de Cristo anda serio, lento, sincero. Detrás viene la virgen al son de Campanilleros. Un paso de palio tan perfecto, en el que los varales se mueven del mismo modo a izquierda a derecha con la suave mecida de los hermanos de carga. Y llega el gran momento. Te toca llevarla sobre tus hombros. Cuando el jefe de paso toca el llamador, cierras los ojos, escuchas la marcha (Procesión de la Esperanza). La meces junto a tus hermanos muy suavemente, como decía aquel, ¡sin tonterías! porque a la Reina del cielo hay que llevarla con suavidad, despacito, con delicadeza, porque ella es una rosa blanca que enamora al azahar que acaba de nacer con la llegada de la primavera. La calle parras se rinde a ella y al hijo de Dios. La llegada a la plaza de Obispo Galarza te hace recordar malos momentos que quedaron ya en el pasado, los cuales se difuminan al ver que las aceras y los balcones están llenos de gente que la quiere, que le dice desde su corazón ¡guapa! y es que Ella es la más bella entre todas las mujeres. Le cantan saetas a los dos pasos por todo el recorrido. Y comienza la parte difícil del recorrido. Entre calles estrechas y curvas cerradas aparece como una estrella en la noche con su manto verde y dorado. El Cristo de la Buena Muerte entra en la Plaza Mayor imponiendo respeto y a la vez haciendo gala de su elegancia. Con un paso fino, depurado que enrudecen unas horquillas de metal. Cuando menos se espera se escucha un inesperado ¡viva el Cristo de la Buena Muerte! al que los hermanos de carga responden fuerte y al unísono ¡viva! justo antes de poner el primer pie en la plaza. Una vez pasan frente a la tribuna, se encaminan a subir la calle Pintores, sabiendo que un año más la procesión toca a su fin, pero subes con orgullo la cuesta porque sabes que te toca entrarla, y la vas mirando, y le prometes, que la llevarás con cuidado, que siempre estás pensando en ella. La Virgen se para en el cruce con la calle Moret. En ese mismo instante el Señor está entrando en la Plaza de San Juan para deleitar a los fieles que abarrotan el lugar. Con orgullo y paso firme, al son de Bulería en San Román, el paso va girando, los hermanos de carga no retroceden, siempre van de frente, llegan hasta colocar el llamador en la cara del público y se dan la vuelta, enfilan la puerta de San Juan, con paso lento, con sentimiento, no quieren que esto se acabe. Cuando llega a la escalera, termina la bulería y suena la marcha real. En este momento hacen la despedida al público dando algunos pasos hacia atrás, vuelven hasta las escaleras llegando a estas justo cuando termina la marcha. Y con la misma sobriedad que empezaron terminan la procesión. Pero esto aun no ha acabado, tu ya tienes sobre tus hombros a la Virgen de la Esperanza. La Señora entra en la plaza mientras suena Macarena, los aplausos y las campanas de San Juan al mismo tiempo. Los hermanos de carga están en el mejor momento de toda la Semana Santa, ese que no cambiarían por nada. El paso pesa, y mucho, pero flota, se sigue meciendo suavemente. Al igual que el Cristo, siempre va de frente, y sólo al final, al son del himno nacional, recula un poco sobre sus pasos para despedirse y entrar definitivamente. El que lo ha visto desde fuera tiene las mejillas húmedas, el que lo ha llevado desde dentro tiene el corazón empapado. Finalmente cuando están los dos pasos dentro, se reza la Salve y todo termina de la mejor manera, con un viva al Cristo de la Buena Muerte y a la Virgen de la Esperanza.

Ya se acabó el Miércoles Santo
ya finalizó ese sueño
ese que desde que era pequeño
me ha envuelto bajo su manto.

Cristo de la Buena Muerte
sobre un mar de claveles rojos
haces que lloren mis ojos
cada vez que me atrevo a verte.

esto es más que un sentimiento
es la muestra de una fe
que no se va de mi un momento

porque no dejo de creer
que es menor mi sufrimiento
cuando al lado te puedo tener.

Julián

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