Una vez, en el colegio, mi profesora de religión, muy acertadamente, nos dijo: Vamos a analizar cada una de las oraciones del Padre Nuestro, como si fuera el análisis de un poema en Lengua
Mis compañeros y yo nos miramos extrañados.¿Qué dice esta mujer? Qué manera de perder el tiempo…Alguna risa floja se escapó, acompañada de un dedo índice que era llevado a la cabeza, dejando claro que tal vez alguien había perdido el juicio. No entendíamos la necesidad de hacer esto. A pesar de nuestras reticencias más que evidentes, mi profesora siguió adelante con ello.
Fueron mis clases de religión más provechosas de toda mi vida. Desde que tenía uso de razón, había recitado a diario la oración que Cristo nos dejó como legado. Lo decía, sin más. Nunca me había parado a analizar cada una de las oraciones de un modo detenido y profundo, tomando conciencia de la ofrenda y juramento que todos los días profeso al Creador.
A fuerza de repetir, las palabras a veces pierden su sentido. Y eso hace que muchas veces no valoremos aquello que nos sale por los labios. Hoy quedan 308 días para el día de Ramos. Casi un año. Mientras dura la espera, habrá conversaciones esporádicas en las que digamos que somos cofrades y comentaremos cual es esa talla que nos alimenta el espíritu, a la que le confiamos todos nuestros ruegos y alegrías. Y diremos su nombre. Una vez. Y otra. Otra más. La llamaremos cuando necesitemos que nos guíe en nuestra vida. ¿Qué palabra es la que se nos escapa de los labios? ¿Qué me está intentando indicar mi Señora, desde su nombre de pila? Permitamos por un momento parar la maquinaria del estrés de nuestras vidas y reflexionemos sobre el significado de ellos: Caridad, Esperanza, Buen Fin,…Bellas palabras para bellos propósitos. El mensaje de Cristo plasmado en cada una de sus sílabas.
Hoy quedan 308 días para el Domingo de Ramos. Ya pasó el Corpus y el novenario. Ya estamos pensando en el año que viene, en qué novedades tendremos, en volver a llevarlos de nuevo. Para el 2009, cargaremos también un nombre, un principio que el propio Cristo nos dejó como legado. Palpemos el orgullo de pronunciarlo.
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