Y se volverá a escuchar el llamador... tres golpes secos se encontraran en cada uno de nuestros corazones haciéndolo latir a más de 200 pulsaciones. Taquicardia de amor a mi Esperanza, que cuando ella sale las palmas hablan. Esos aplausos se ven interrumpidos tan solo por el grito de guapa o el de viva la Virgen de la Esperanza. Y dime hermano, ¿Qué sientes cuando la gente le dice esas cosas tan bonitas a la madre de Dios?, ¿Qué sientes cuando se le reza la Salve, cuando se le canta una Saeta o se le recita una poesía?, ¿Qué sientes hermano de carga cuando cierras los ojos y solo puedes verla a ella en ese momento?, ¿dime que sientes cuando la miras a los ojos y la ves llorando?...
Y es que cuando pasa la Esperanza cacereña pasa el espectro del amor. Pasa la belleza envuelta en llanto y cargada hasta el palio de ilusiones, de rezos de esperanzas que lleva de su pueblo. Una a una, las mantillas cacereñas han depositado su fe en ella, son ruegos que sobre sus manos lleva María hasta el cielo. Son los sones y notas de Macarena de Abel Moreno los que levantan los corazones de los hermanos de carga y hacen que suene su palio marinero, al mecerla suavemente por el suelo cacereño. En la plaza de San Juan sonará la bendición que Cristo otorga a los fieles que han querido acompañarle hasta su buena muerte final. Esa marcha lleva ya varios años estremeciendo los valientes corazones de los que se atreven a mirar la cara del dolor y del perdón, la cara del saber y de la vida que volverá de nuevo al tercer día. Tras este momento, aparecerá de nuevo la Madre de Dios a la que una vez dentro, bajo el sentir de un centenar de almas, se le rezará la Salve entre sollozos y más ruegos. Y es que el miércoles de Esperanza da para mucho, para muchos sentimientos que reprimidos durante un año, afloran cual azahar en primavera.
Y volverá el silencio. En Santa María tres golpes secos levantarán el vello de una multitud silenciosa, respetuosa porque sale el Cristo Negro. De nuevo el estruendo de un bombo sacudirá las calles de la parte antigua, porque solo esos muros tienen ese privilegio, el de abrazar entre sus piedras al Santo Crucifijo, el de vibrar con el golpe del tambor, el de poder calentarse entre las llamas de las antorchas ante el paso del Señor. Y en silencio dejará Jesús una ciudad que por su edad es veterana, que por sus títulos es noble y que por sus gentes es venerada.
Con la resaca de un miércoles tan intenso, se despertará Santiago con el crotar de las cigüeñas. La Saeta, esta vez cantada, será capaz de mover un navío de 13 oficiales, 100 marineros, 50 marineras y una capitana recién llegadita del mismísimo barrio de Triana. Se podrán escuchar además, los suspiros de estos navegantes, síntoma claro de su esfuerzo, provocado por una fe que no deja de ser un acierto. En la tarde de este Jueves Santo, el viento y la mecida de los hermanos de carga agitarán un olivo de paz, pero también de dolor y desconsuelo. Tras ello, un beso traidor dará comienzo al misterio. Decenas de latigazos desgarrarán la piel de su cuerpo. Todo este dolor tan intenso sonará como una espada atravesando el pecho.
El sonido del viento cabalgará sobre la noche por las calles del Espíritu Santo. Desprotegidas de muros centenarios, las imágenes del Señor y de María darán calor a unos fieles penitentes que aguardan pacientes mientras veneran los pasos. Y se romperá el alba con el sonido de una trompeta. El toque de oración será el indicador de que comienza la madrugá. Saldrá el Señor de Cáceres acompañado de los pasos cansados y penitentes de sus hijos que unen fuerzas para ayudarle a arrastrar su cruz hasta el Calvario. Toque de tambor y golpe de horquilla se fundirán en uno con el paso de Cristo postrado en la Cruz, indulgencias que va otorgando a aquel que le dedica una oración.
Ya en la mañana del Viernes Santo, se volverá a escuchar el llamador en una ciudad agotada…