Tras esta marabunta de actos, triduos, quinarios, asambleas y demás eventos cuaresmales, el pasado Sábado se pregonó la Semana Santa de 2009 dando el inicio la cuenta atrás para que comiencen a procesionar las hermandades en Estación de Penitencia.
La Semana pasada, sobretodo en la segunda parte de esta, comenzó a recorrerme por el cuerpo lo que Antonio Burgos denominó en su Pregón del año 2007, la nostalgia de la Semana Santa. Esta sensación, consiste en la percepción de que ya se acerca el momento del inicio de la Semana que has estado esperando durante todo el año y, ante la fugacidad más que probada por la experiencia de esta Semana Mayor, se siente nostalgia porque sin haberla empezado ya parece estar acabándose. A esto ayudan la cantidad ingente de actos programados para la semana pasada.
Estos días, con tanto ajetreo, novedades, noticias, etc. a uno como que le cuesta más conciliar el sueño debido a que, en muchas ocasiones se sueña despierto mientras se está tumbado en la cama. Pensamos en todo aquello que queremos mejorar, en como será este estreno, como funcionará aquella novedad, qué marchas nos tocarán este día, cuáles este otro... Estos pensamientos, como es lógico, van generando otros que cada vez tienen menos que ver con el primero, más o menos como cuando empiezas a ver vídeos de la Semana Santa en Youtube, y cuando te das cuenta, cuando ya ha pasado un rato estas viendo vídeos que nada tienen que ver con los iniciales. En uno de estos pensamientos, recordé una reflexión que, ciertamente, contenía una duda que no sabía resolver de una manera eficaz y resolutiva completamente. Se trata de por qué la Semana Santa es un momento tan alegre y que disfrutamos tanto los cofrades. Una persona que no viva nuestro ambiente ni sienta lo que nosotros sentimos se puede preguntar: ¿Te alegras del sufrimiento de tu Dios, y de su muerte? ¿Disfrutas cuando llevas a la Virgen llorando o a un crucificado? ¿Por qué te gusta cuando suena una marcha más alegre si tu Dios se encuentra muerto en una cruz?
La verdad es que, después de un tiempo pensándolo, solo podía poner parches de justificaciones y no una solución a esta cuestión. Pues bien, viendo los pregones que ofrecimos el sábado en el blog, descubrí la solución a mi problema gracias a Antonio Burgos. Decía, en su Pregón de 2008, con toda su gracia andaluza que estando un sevillano y un forastero en la calle Aduana, cuando pasaba esa Piedad del Baratillo, aprendió Burgos una lección de un sevillano anónimo. Le explicaba a un forastero preguntón por qué la Semana Santa en Sevilla no es triste. Le decía que era porque habían visto en innumerables ocasiones esta película. Y saben que termina divinamente, porque es cosa de Dios. Sabemos que aunque lo pase muy mal, al final, el bueno, el Muchacho, el Hijo de la Señora Guapa, se sale con la suya, que es morir para salvarnos. Y que después, además, resucita en Santa Marina. Y si sabemos que la película tiene final feliz, para qué ponerse tan tristes y tomarnos las cosas por la tremenda como en Castilla, con los latigazos por ejemplo. Esos se los daban antes los hermanos de sangre, pero cuando se enteraron de que en esta película siempre gana el Muchacho y nos salvaba, decidieron dejar las disciplinas y en Sevilla, desde entonces, los latigazos nada más que son de tinto y pescao frito.
Efectivamente, si llevamos viendo la misma película durante más de 600 años, llevamos 6 siglos enseñándole al forastero quién es el Rey de los Cielos, y quien es la Madre de Dios. Ser cofrade es un modo de vida, es estar todo el año pendiente de esta Semana que, aunque más de uno intentará estropearla, será siempre la mejor del año. La Semana Santa hay que vivirla con recogimiento en los momentos de dolor, y con alegría en aquellos de llegada a Jerusalén y Resurrección, pero, por encima de todo ello, debemos disfrutarla con alegría, porque ya sabemos que el muchacho bueno, triunfará el Domingo de Resurrección, concretamente en el Altozano de la Soledad y en la Plaza Mayor.
La Semana pasada, sobretodo en la segunda parte de esta, comenzó a recorrerme por el cuerpo lo que Antonio Burgos denominó en su Pregón del año 2007, la nostalgia de la Semana Santa. Esta sensación, consiste en la percepción de que ya se acerca el momento del inicio de la Semana que has estado esperando durante todo el año y, ante la fugacidad más que probada por la experiencia de esta Semana Mayor, se siente nostalgia porque sin haberla empezado ya parece estar acabándose. A esto ayudan la cantidad ingente de actos programados para la semana pasada.
Estos días, con tanto ajetreo, novedades, noticias, etc. a uno como que le cuesta más conciliar el sueño debido a que, en muchas ocasiones se sueña despierto mientras se está tumbado en la cama. Pensamos en todo aquello que queremos mejorar, en como será este estreno, como funcionará aquella novedad, qué marchas nos tocarán este día, cuáles este otro... Estos pensamientos, como es lógico, van generando otros que cada vez tienen menos que ver con el primero, más o menos como cuando empiezas a ver vídeos de la Semana Santa en Youtube, y cuando te das cuenta, cuando ya ha pasado un rato estas viendo vídeos que nada tienen que ver con los iniciales. En uno de estos pensamientos, recordé una reflexión que, ciertamente, contenía una duda que no sabía resolver de una manera eficaz y resolutiva completamente. Se trata de por qué la Semana Santa es un momento tan alegre y que disfrutamos tanto los cofrades. Una persona que no viva nuestro ambiente ni sienta lo que nosotros sentimos se puede preguntar: ¿Te alegras del sufrimiento de tu Dios, y de su muerte? ¿Disfrutas cuando llevas a la Virgen llorando o a un crucificado? ¿Por qué te gusta cuando suena una marcha más alegre si tu Dios se encuentra muerto en una cruz?
La verdad es que, después de un tiempo pensándolo, solo podía poner parches de justificaciones y no una solución a esta cuestión. Pues bien, viendo los pregones que ofrecimos el sábado en el blog, descubrí la solución a mi problema gracias a Antonio Burgos. Decía, en su Pregón de 2008, con toda su gracia andaluza que estando un sevillano y un forastero en la calle Aduana, cuando pasaba esa Piedad del Baratillo, aprendió Burgos una lección de un sevillano anónimo. Le explicaba a un forastero preguntón por qué la Semana Santa en Sevilla no es triste. Le decía que era porque habían visto en innumerables ocasiones esta película. Y saben que termina divinamente, porque es cosa de Dios. Sabemos que aunque lo pase muy mal, al final, el bueno, el Muchacho, el Hijo de la Señora Guapa, se sale con la suya, que es morir para salvarnos. Y que después, además, resucita en Santa Marina. Y si sabemos que la película tiene final feliz, para qué ponerse tan tristes y tomarnos las cosas por la tremenda como en Castilla, con los latigazos por ejemplo. Esos se los daban antes los hermanos de sangre, pero cuando se enteraron de que en esta película siempre gana el Muchacho y nos salvaba, decidieron dejar las disciplinas y en Sevilla, desde entonces, los latigazos nada más que son de tinto y pescao frito.
Efectivamente, si llevamos viendo la misma película durante más de 600 años, llevamos 6 siglos enseñándole al forastero quién es el Rey de los Cielos, y quien es la Madre de Dios. Ser cofrade es un modo de vida, es estar todo el año pendiente de esta Semana que, aunque más de uno intentará estropearla, será siempre la mejor del año. La Semana Santa hay que vivirla con recogimiento en los momentos de dolor, y con alegría en aquellos de llegada a Jerusalén y Resurrección, pero, por encima de todo ello, debemos disfrutarla con alegría, porque ya sabemos que el muchacho bueno, triunfará el Domingo de Resurrección, concretamente en el Altozano de la Soledad y en la Plaza Mayor.
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