Ahora, en este momento en que nuestra fe, nuestros símbolos, nuestras tradiciones se ven atacadas, es el momento de reafirmar nuestra creencia en el Señor y en la Virgen María.
Desde un tiempo a esta parte ser católico parece ser una cosa de otro tiempo. Los jóvenes no aparecen por las iglesias, les da vergüenza confesar su fe, no asisten a las procesiones por temor a que sus amigos se rían de ellos, las personas de más edad temen ser catalogadas de ser de una ideología determinada, etc.
No debemos dejar que esto nos supere. Nosotros tenemos nuestra fe en Cristo y en la Virgen Santísima. Ellos son el pilar principal que sujeta el edificio de nuestras vidas, por ello no tenemos que avergonzarnos sino reafirmarnos en nuestra fe. No solo en Semana Santa sino todo el año. Rezando nuestras oraciones cada noche y cada mañana, reflexionando sobre si nuestras acciones se acercan a las orientaciones que nos dio el Señor, asistiendo a ver a nuestras veneradas imágenes todo el año, contarles nuestros problemas, pidiéndole ayuda, consejo,esperanza, etc. Debemos tener fe y confianza en Cristo y en la Virgen. Si así lo hacemos ellos estarán siempre a nuestro lado, tanto en vida como cuando nos encontremos con ellos tras la muerte. Ellos nos ayudan a afrontar los problemas con más seguridad en nosotros mismos, porque tenemos la certeza de que ellos nos apoyan de alguna manera. No tenemos que imponer nuestra fe, pero si dar testimonio de ella, desde dar un consejo a un amigo hasta sacar las imágenes en estación de penitencia hay miles de formas de transmitir los valores del cristianismo. Debemos de leer la palabra de Dios para comprender y poder dar a conocer estos valores de amor, perdón, justicia y paz frente al odio, el rencor, las injusticias. Ser católico es muy sencillo. Solo tienes que respetar y amar a tus iguales. De aquí sacamos el sentido de la Semana Santa. Mostramos a un Dios hecho hombre, que fue recibido con glorias en Jerusalén, fue traicionado por judas, maniatado, maltratado, vejado y finalmente ejecutado. Pero Él en ningún momento dejo de mostrar respeto, perdón y amor a todos incluso a aquellos que lo llevaron a la muerte. Finalmente triunfó resucitando con gloria al tercer día. Él perdonó desde el principio hasta el final, desde su nacimiento hasta segundos previos a su muerte y ahora que todo ha pasado, no es un ser humano objeto de mofas y desprecios de los demás, sino que es el hijo de Dios hecho hombre, adorado y respetado por millones de hombres y mujeres de este mundo. Y que decir de la Virgen María, que fue un siervo del Señor siempre. Desde que un ángel de Dios le transmitiese que iba a ser la madre del Hijo de Dios, hasta su propia muerte. Y ahora desde el cielo cuida junto al Señor y al Espíritu Santo de todos nosotros. Ella nunca abandonó a su hijo. Le dio la vida, lo acunó en su Santo regazo, lo educó y lo crió, le aconsejó, lo acompañó y estuvo a los pies de la cruz, lo recogió de ésta y lo enterró, y al tercer día cuando iba a visitar su tumba lo reconoció ya resucitado. Cristo y María deben ser por todo esto nuestras referencias, nuestros modelos de vida. Si esto lo hacemos cada uno, nuestra vida será más feliz, y si lo hacemos todos, nuestro mundo será de paz, aumentará el progreso, la felicidad…
Por ello hermanos no tenemos porque tener vergüenza, sino que debemos sentirnos orgullosos de ser hijos de Dios y proclamar nuestra fe por las calles de la vida para que quien quiera escucharnos se una a nosotros.
Desde un tiempo a esta parte ser católico parece ser una cosa de otro tiempo. Los jóvenes no aparecen por las iglesias, les da vergüenza confesar su fe, no asisten a las procesiones por temor a que sus amigos se rían de ellos, las personas de más edad temen ser catalogadas de ser de una ideología determinada, etc.
No debemos dejar que esto nos supere. Nosotros tenemos nuestra fe en Cristo y en la Virgen Santísima. Ellos son el pilar principal que sujeta el edificio de nuestras vidas, por ello no tenemos que avergonzarnos sino reafirmarnos en nuestra fe. No solo en Semana Santa sino todo el año. Rezando nuestras oraciones cada noche y cada mañana, reflexionando sobre si nuestras acciones se acercan a las orientaciones que nos dio el Señor, asistiendo a ver a nuestras veneradas imágenes todo el año, contarles nuestros problemas, pidiéndole ayuda, consejo,esperanza, etc. Debemos tener fe y confianza en Cristo y en la Virgen. Si así lo hacemos ellos estarán siempre a nuestro lado, tanto en vida como cuando nos encontremos con ellos tras la muerte. Ellos nos ayudan a afrontar los problemas con más seguridad en nosotros mismos, porque tenemos la certeza de que ellos nos apoyan de alguna manera. No tenemos que imponer nuestra fe, pero si dar testimonio de ella, desde dar un consejo a un amigo hasta sacar las imágenes en estación de penitencia hay miles de formas de transmitir los valores del cristianismo. Debemos de leer la palabra de Dios para comprender y poder dar a conocer estos valores de amor, perdón, justicia y paz frente al odio, el rencor, las injusticias. Ser católico es muy sencillo. Solo tienes que respetar y amar a tus iguales. De aquí sacamos el sentido de la Semana Santa. Mostramos a un Dios hecho hombre, que fue recibido con glorias en Jerusalén, fue traicionado por judas, maniatado, maltratado, vejado y finalmente ejecutado. Pero Él en ningún momento dejo de mostrar respeto, perdón y amor a todos incluso a aquellos que lo llevaron a la muerte. Finalmente triunfó resucitando con gloria al tercer día. Él perdonó desde el principio hasta el final, desde su nacimiento hasta segundos previos a su muerte y ahora que todo ha pasado, no es un ser humano objeto de mofas y desprecios de los demás, sino que es el hijo de Dios hecho hombre, adorado y respetado por millones de hombres y mujeres de este mundo. Y que decir de la Virgen María, que fue un siervo del Señor siempre. Desde que un ángel de Dios le transmitiese que iba a ser la madre del Hijo de Dios, hasta su propia muerte. Y ahora desde el cielo cuida junto al Señor y al Espíritu Santo de todos nosotros. Ella nunca abandonó a su hijo. Le dio la vida, lo acunó en su Santo regazo, lo educó y lo crió, le aconsejó, lo acompañó y estuvo a los pies de la cruz, lo recogió de ésta y lo enterró, y al tercer día cuando iba a visitar su tumba lo reconoció ya resucitado. Cristo y María deben ser por todo esto nuestras referencias, nuestros modelos de vida. Si esto lo hacemos cada uno, nuestra vida será más feliz, y si lo hacemos todos, nuestro mundo será de paz, aumentará el progreso, la felicidad…
Por ello hermanos no tenemos porque tener vergüenza, sino que debemos sentirnos orgullosos de ser hijos de Dios y proclamar nuestra fe por las calles de la vida para que quien quiera escucharnos se una a nosotros.
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